Del agua mansa líbreme Dios, que de la brava me libraré yo
Del agua mansa líbreme Dios, que de la brava me libraré yo
Significado
Afirma que el agua aparentemente tranquila puede esconder remolinos y hoyas, y por eso resulta más temible que la de corriente violenta. Aplicado a las personas, el refrán advierte que las de carácter apacible pueden mostrar una cólima inesperada y brutal cuando se enojan, y que esa sorpresa es, en sí misma, más peligrosa que la hostilidad declarada del agua bravía. Es un refrán de psicología del enemigo: el declarado se ve, el oculto no.
La forma es la de un refrán condicional-invocación del tipo «del agua A, líbreme Dios, que de la B me libraré yo». Esa estructura de súplica —con la divinidad como garante— lo entronca con la tradición de los refranes religiosos, donde el hombre reconoce su impotencia ante la sorpresa. La conjunción que (introduciendo la consecuencia o la cláusula adversativa) es la que da al refrán su doblez: el peligro mayor requiere albedrío humano, el menor, protección divina.
Origen
Es un refrán castellano con raíces en la cultura ribereña, documentado al menos desde el siglo XVI. Pedro Vallés lo recoge en 1549 con forma muy próxima a la actual, y la fórmula se reitera en Correas (1627) y en Sbarbi (1922). Su fundamento es de experiencia fluvial: los ríos de corriente lenta —el Ebro en sus meandros, el Guadalquivir en las marismas— son notorious por sus remansos traicioneros, y los antiguos los temían más que a los rápidos, donde el riesgo es al menos visible.
En México se aclimató con naturalidad en las riveras del Pánuco, del Lerma y del Balsas, donde los remeros y pescadores conocían bien la diferencia entre el agua mansa y la brava. Herón Pérez Martínez lo incluye en su Refranero mexicano como ejemplo de refrán religioso y de observación natural, una categoría que en el acervo mexicano se cruza con frecuencia con la psicología del pueblo: la doble condición del mexicano, sereno en apariencia y volcánico en el fondo, está exactamente descrita en este refrán.
Cuándo se usa
Es un refrán de advertencia psicológica y de humor manso. Se usa para describir a personas de carácter tranquilo que, al irritarse, muestran una violencia inesperada. Funciona muy bien en la conversación familiar, en la descripción de suegros o vecinos, y en comentarios sobre la doble faz de ciertos individuos. Conviene en contextos coloquiales, en tono de broma, y no en presencia de la persona aludida, porque el símil fluvial puede leerse como ofensa.
Ejemplo
—¿Y doña Chabela? Creí que era la más tranquila del barrio. —Sí, mijo, pero del agua mansa líbreme Dios, que de la brava me libraré yo. El día que se enoja, tiembla la calle.
Curiosidad lingüística
Pertenece a la familia de los refranes de la doble naturaleza, donde un mismo ente presenta dos caras: una visible y otra oculta, una lenta y otra súbita. Es un subgénero muy nutrido del refranero: «Agua mansa, no hagas confianza», «Perro que no ladra, muerde», «Ojos que no ven, corazón que no siente». La particularidad de este es la invocación divina —«líbreme Dios»— que lo separa de los refranes puramente laicos y lo emparenta con la vieja serie de los refranes de la Providencia: «Dios aprieta pero no ahoga», «Dios que da la llaga da el remedio», «Da Dios almendras al que no tiene muelas».
Variantes
- «Del agua mansa me libre Dios, que de la brava me libro yo» (forma con me libro, presente).
- «Del río manso, guárdate; del río bravo, Dios te guarde» (forma con permuta de papeles).
- «Agua mansa, no le fíes» (paralelo más escueto, sin invocación).
Fuente
- Correas, Gonzalo. Vocabulario de refranes y frases proverbiales (1627).
- Pérez Martínez, Herón. Refranero mexicano (Academia Mexicana de la Lengua, edición en línea).
- Sbarbi, José María. Diccionario de refranes (1922).