Dios consiente, mas no para siempre

Dios consiente, mas no para siempre

Dios consiente, mas no para siempre

Significado

Recuerda la justicia y el castigo de Dios que recibe quien obra mal, confiado en su misericordia. La fórmula parte de una observación muy humana: el malo goza, prospera y alarga su ventaja durante años, y el creyente se impacienta. La tradición religiosa responde con esta sentencia: el consentir divino no es aprobación ni eternidad; es plazo, no carta blanca. Es un refrán de teología de la paciencia y de crítica al prosperador del mal.

La forma es la de un refrán divinativo-admirable del tipo «A consiente, mas no B». La estructura opone dos infinitivos con valor temporal: el consentir (que admite un plazo indefinido) y el para siempre (que introduce un límite terminante). Esa oposición es la que da al refrán su fuerza dramática: el mal prospera, sí, pero no para siempre. La elección de consiente en lugar de tolera o permite introduce un matiz de cuidado amoroso: Dios consiente, dice el refrán, y no «Dios tolera», porque tolerar es de quien no se interesa, y consentir es de quien sabe lo que hace.

Origen

Es un refrán castellano con raíces que se remontan al menos al siglo XVI. La fórmula dialoga con un pasaje del Eclesiástico (5, 4): «No digas: Pequé, ¿y qué me pasó? Porque el Señor es paciente. No te fíes de su perdón para añadir pecados a pecados», y con un aforismo atribuido a San Agustín: «Dios no es impaciente, pero tampoco es burlado». La fórmula exacta se recoge en colecciones de Correas (1627) y en Sbarbi (1922).

En México se aclimató con naturalidad en el México colonial, sobre todo en la predicación de los franciscanos y de los jesuitas, que usaban la fórmula para explicar el libre albedrío y la justicia divina sin necesidad de entrar en disputas teológicas. Herón Pérez Martínez lo incluye en su Refranero mexicano como ejemplo de refrán religioso hoy en desuso, pero que sobrevive en zonas rurales y en conversaciones entre personas mayores. La fórmula se cita todavía en pláticas espirituales y en comentarios sobre la suerte de los malvados.

Cuándo se usa

Es un refrán de paciencia teologal y de advertencia moral. Se usa para consolar al que sufre por la prosperidad del malo, o para recordar al que abusa que su plazo tiene fin. Funciona muy bien en la conversación familiar, en la plática religiosa, y en comentarios sobre la justicia social, donde se discute el contraste entre la suerte del bueno y la del malo. Conviene en contextos serios; en contextos festivos, puede sonar a reprensión.

Ejemplo

—Doña Carmen, ¿y el vecino de la esquina? Ese sí se la pasa gastando y nadie le dice nada. —Mija, Dios consiente, mas no para siempre. Ya verá cómo la hacienda le aprieta un día.

Curiosidad lingüística

Pertenece a la familia de los refranes del contraste providencial, donde la fortuna del malo se presenta como un trance, no como un veredicto. Es un subgénero muy nutrido del acervo: «A quien Dios quiere bien, lo mete en el poder», «A quien Dios quiere perder, primero le quita la razón», «No es castigo, es aviso». La particularidad de este es la duración limitada: el refrán no dice que el malo sea castigado mañana, sino que su etapa de consentir no es indefinida. Esa precisión temporal es la que le da su tono de advertencia distante: el malo tiene plazo, y la fe le pide al creyente que aguarde.

Variantes

Fuente

Dios consiente, mas no para siempre
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Categorías: D, Refranes Religiosos · 20 de marzo de 2021

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Referencias