El dinero y la sal son las dos cosas más preciosas que usamos y que nos confortan
El dinero y la sal son las dos cosas más preciosas que usamos y que nos confortan
Significado
Equipara el dinero y la sal como las dos cosas más valiosas de la vida cotidiana. La sal hace que los alimentos sean más sabrosos, los conserva, los hace aprovechables; el dinero permite acceder a lo necesario y a lo deseado, y sin él la vida se endurece. Los dos confortan al cuerpo y al ánimo.
Es un refrán de estructura comparativa con doble predicado —«las dos cosas más preciosas», «que usamos», «que nos confortan»— que se acumulan para reforzar la sentencia. Su forma larga y sincopada lo hace difícil de encajar en la conversación rápida, y por eso suele recordarse como frase proverbial más que como refrán propiamente dicho.
Herón Pérez Martínez lo califica de «dicho de escaso valor paremiológico», en el sentido de que significa lo que dice: no hay ironía, no hay segunda lectura, no hay juego retórico. La sabiduría está en la enumeración misma: dos cosas, preciosas, usadas, confortables. Quien lo pronuncia hace un elogio sereno de lo elemental.
Origen
Es un refrán mexicano registrado por Herón Pérez Martínez en su Refranero mexicano y editado en línea por la Academia Mexicana de la Lengua. Aunque no se precisa fecha exacta, su contenido permite situarlo en el acervo oral del México rural y de las cocinas tradicionales, donde la sal era un bien tan preciado como el dinero: se compraba por onzas, se medía con cuidado, se guardaba en alacenas altas para que ni las ratas ni los niños la alcanzaran.
El refrán pertenece a la tradición salinera del país. México tiene una de las historias salineras más largas de América: desde las salinas prehispánicas de Zapotitlán (Puebla) y Cuitzeo (Michoacán), hasta las minas de sal de Guerrero y los obrajes coloniales. La sal era un bien sujeto a impuesto —la «gabela» colonial que tanto irritó a los pueblos y que está en el origen del dicho «no puede ser / que el pueblo coma / sin poner la sal»— y por tanto su valor era doblemente sentido.
La equiparación con el dinero no era casual: ambos eran bienes escasos, conservables y negociables. En las economías campesinas, la sal podía sustituir al dinero como forma de pago o trueque.
Es un refrán poco usado en la conversación urbana actual, pero conserva vigencia en la memoria oral de personas mayores y en la literatura gastronómica mexicana.
Cuándo se usa
Es un refrán de elogio de lo elemental, sereno y sin ironía. Funciona en:
- Conversaciones sobre economía doméstica y el valor de las cosas simples.
- Charlas de cocina, gastronomía y memoria rural.
- Reflexiones sobre la austeridad y lo que realmente conforta al cuerpo.
No es adecuado en contextos donde se busque una sentencia aguda o un juego de palabras: este refrán es grave, no festivo.
Ejemplo
La abuela revisaba la alacena y decía: «Mira, mijo, lo único que no me puede faltar en esta casa es lo de siempre: el dinero y la sal. Sin eso, ni se come rico ni se vive tranquilo».
Curiosidad lingüística
La palabra «confortar» —del latín confortare, «dar fuerza»— se aplicaba en el español medieval tanto al cuerpo como al ánimo. El refrán la usa en su sentido más amplio: la sal conforta el paladar y la salud, el dinero conforta la vida. Esa amplitud semántica es la que permite que el refrán funcione como reflexión filosófica sin necesidad de abstracciones.
Variantes
- «La sal y el dinero son las dos cosas que no sobran en casa» (forma equivalente, más directa).
- «Sin sal no hay comida, sin dinero no hay vida» (forma antitética, de estructura bimembre).
- «Tres cosas quiero en mi mesa: pan, sal y pobreza con vergüenza» (pariente temático, de uso más amplio).
Fuente
- Pérez Martínez, Herón. Refranero mexicano (Academia Mexicana de la Lengua, edición en línea).