No hay placer do no hay comer
No hay placer do no hay comer
Significado
Vincula de manera explícita el bienestar anímico con la satisfacción del hambre. Quien tiene el estómago vacío difícilmente puede disfrutar de los demás placeres de la vida, porque el hambre es una urgencia previa que desbarata cualquier otro contentamiento: el enamorado con el estómago vacío es mal amante; el artista hambriento produce poco; el filósofo sin cena no alcanza la serenidad. La fórmula compendia, en un solo giro, una verdad elemental que las filosofías ascéticas a veces olvidaron: la cultura del espíritu depende, en último término, de la cultura del cuerpo.
En su lectura más amplia, el refrán alude a la importancia de las satisfacciones materiales básicas como condición previa de los goces superiores. Quien lucha diariamente por el sustento no puede permitirse el lujo de la estética, del ocio creativo, de la conversación ociosa, del amor contemplativo. Por eso la política social más elemental —procurar a todos un mínimo de bienestar económico— se ha comparado a veces con el “placer de la mesa”: satisfecha la necesidad primaria, el ser humano queda libre para perseguir otros fines.
En su versión festiva y popular, el refrán se ha usado en boca de gastrónomos y de personas de buen comer, que hallan en la mesa compartida la mejor expresión de alegría y de amistad. Las grandes celebraciones cristianas —Nochebuena, Pascua, bodas, bautizos, primeras comuniones— se articulan en torno a la comida, y en torno a la comida se han fundado las amistades más sólidas: “donde se come, se convive”, dice la sabiduría antigua, y “donde se convive, se quiere”. El refrán sería, por tanto, la versión más lacónica de toda una filosofía convivial.
Origen
La fórmula tiene raíces profundas en la cultura del Cornudo, en la cultura del Pan y del Vino, que articulan la vida social de los pueblos mediterráneos desde hace milenios. Aparece en colecciones castellanas del siglo XVI, en particular en el Refranero de Hernán Núñez (1555), y se vincula a la doctrina epicúrea —el placer bien entendido como ausencia de dolor corporal y de inquietud espiritual— filtrada por el tamiz cristiano de la moderación. Tiene paralelos exactos en la tradición árabe: el Kitāb al-Aghāni de Abu al-Faraj al-Isfahani califica al hombre hambriento como “incapaz de poesía y de cortesía”. También aparece en la tradición hebrea y en los refraneros italianos y portugueses con formulaciones casi idénticas, lo que prueba su raíz común mediterránea.
Se trata de un refrán popular de origen castellano, actualmente en desuso en su forma exacta, aunque el vínculo entre mesa, alegría y sociabilidad sigue plenamente vigente en la cultura hispánica. Lo hemos incluido dentro de la categoría Refranes de Felicidad, por su contenido celebratorio de los placeres sencillos y por su reconocimiento —a veces tildado de materialista, otras veces celebrado— de la centralidad del comer en la economía del bienestar humano.
Fuente
Redacción original.